A modo de introducción, conforme a la radicalización de la vida política europea, la situación en España derivó en un incremento extremo de la oposición de la clase conservadora al proyecto reformista democrático. A tal fin, una parte del Ejército se sublevó con el objetivo de acabar con la II República. Sin embargo, una de “las dos españas” se dispuso a defender los logros conseguidos, lo que derivó en un enfrentamiento bélico. La última guerra civil española se puede dividir en tres fases: de la sublevación al fracaso de la toma de Madrid (diciembre de 1936); las grandes batallas (Jarama y Ebro) junto a la conquista del Norte (1937-38) y la derrota republicana (1939).
Centrados en el desarrollo del tema, el 17 de julio de 1936 se producía el golpe de estado ideado por el general Mola, cuya insurrección tuvo éxito en Castilla-León, Aragón, Galicia, Navarra, Álava, norte de Extremadura, parte de Andalucía occidental (las ciudades de Sevilla, Córdoba y Granada), Baleares (excepto Menorca), Canarias y el protectorado de Marruecos. El resto de España se mantuvo fiel a la República, conservando las ciudades más importantes, las zonas industriales y prácticamente toda la Armada.
La incapacidad gubernativa republicana se manifestó en la sucesión en los tres primeros días de la sublevación de otros tantos gobiernos (Casares Quiroga, Martínez Barrio y José Giral); paralelamente, numerosos comités obreros y de milicianos asumieron diversas instituciones locales y provinciales, así como la colectivización económica. Este intento revolucionario chocaría con el pragmatismo socialista y comunista, estallando un enfrentamiento en Cataluña entre los partidarios de la revolución y los que defendían primero acabar con la guerra.
Semejante inestabilidad también se manifestó en la venganza política a través de encarcelamientos y asesinatos, mientras que el clero era perseguido al apoyar a los “nacionales” y calificar la guerra como cruzada (cardenal Gomá). Al final del verano el gobierno de Largo Caballero reinstauraba el orden, reorganizaba el Ejército y comenzaba a recibir la ayuda de las Brigadas Internacionales y de la URSS, pues las democracias occidentales se inhibieron a través del Comité de No Intervención (Francia por temor a la Alemania nazi, Inglaterra supuestamente ya por temor a un gobierno comunista ya para evitar un conflicto mundial).
Por su parte, los insurrectos contaron la ayuda inmediata de Mussolini y Hitler, lo que permitió a Franco cruzar el Estrecho, ocupar Andalucía occidental, conquistar Extremadura y dirigirse a Madrid. Sin embargo, bajo el lema “no pasarán” la capital resistió, rechazándolo en la Ciudad Universitaria. Entretanto, si las columnas de milicianos y anarquistas (Durruti) fracasaban en Aragón, los franquistas levantaban el asedio del Alcázar de Toledo defendido por Moscardó.
A comienzos de 1937 las tropas insurrectas volvieron a fracasar en la toma de Madrid (batallas de Jarama y Guadalajara), aliviando los republicanos el cerco en Brunete, por lo que Franco se decantó por conquistar Andalucía Oriental (Málaga caía en febrero de 1937) y el Norte (la Legión Cóndor alemana bombardeaba Guernica en abril, Bilbao era tomada en junio y Gijón en octubre de 1937). En respuesta, los republicanos tomaban Teruel; pero nuevamente perdida, contraatacaron en la más larga y cruenta ofensiva: la batalla del Ebro (1938). Finalmente, tras un verano sangriento (batalla de Belchite), el ejército franquista alcanzaba la costa mediterránea, dividiendo en dos la zona republicana y obligando al gobierno a trasladarse nuevamente de Valencia a Barcelona.
El 23 de diciembre de 1938 comenzaba la rápida ofensiva contra Cataluña, siendo tomada Barcelona el 26 de enero de 1939, lo que provocó el exilio a Francia de Azaña. Por su parte, Juan Negrín, jefe del gobierno, intentaba resistir al regresar a Valencia, a la vez que el coronel Casado defendía Madrid. Sin embargo, a Franco ya le resultó fácil tomar la capital el 28 de marzo, entregándose sin resistencia el resto de ciudades (Jaén, Albacete, Valencia, Murcia, Alicante y Cartagena). El 1 de abril de 1939, la guerra había acabado
Paralelamente, Franco había aunado los cargos de jefe del Ejército o Generalísimo (29-9-1936) con los de Jefe del Estado o Caudillo (1-10-1936) y líder del partido único de carácter fascista, Falange Española Tradicionalista y de las JONS, según el decreto de unificación (19-4-1937). Con ello, fundía en su persona todo el poder del Estado y alineaba a España con las futuras potencias del Eje, lo que al final de la II Guerra Mundial le valió su aislamiento internacional. Asimismo, el apoyo de la Iglesia se transformó en la defensa de sus valores (nacionalcatolicismo), mientras que los terratenientes y el poder económico volvían a controlar el país.
En conclusión, el tradicional pronunciamiento decimonónico se transformó en el s. XX en un conflicto bélico de tres largos años que se desarrolló bajo los principios estratégicos de la guerra moderna. Con la derrota de la democracia republicana la represión emprendida durante la contienda (asesinatos masivos en Badajoz, Málaga, etc.) continuó como arma político-social durante la postguerra, pues el mal republicano no sólo debía ser extirpado ideológica sino también físicamente. Además, económicamente España perdió la mayoría de sus infraestructuras, disminuyó el sistema productivo, cayó el nivel de renta y la población sufrió los efectos de una política autárquica con la consiguiente privación de bienes de consumo. Por último, la guerra significó casi medio millón de muertos y otro medio millón de refugiados, la desaparición o el exilio de la mayoría de los intelectuales, científicos y artistas, como García Lorca, Machado, Buñuel, Alberti, Picasso…, dando paso así a casi cuatro décadas de dictadura franquista (1939-1975).

Muerte de un miliciano – Robert Capa
“La guerra es el fracaso de la razón y el triunfo de la fuerza bruta.”
Manuel Azaña