Manuel Azaña Díaz (1880–1940) fue la figura política e intelectual más relevante de la Segunda República Española, encarnando el proyecto de modernización democrática del país. Intelectual de sólida formación, escritor y notable orador, presidió el Ateneo de Madrid antes de convertirse en el líder de Acción Republicana. Durante el Bienio Reformista (1931-1933), desempeñó un papel crucial primero como Ministro de la Guerra y después como Presidente del Gobierno. Su gestión estuvo marcada por la voluntad de transformar las estructuras tradicionales del Estado mediante reformas profundas, destacando especialmente su reforma militar, destinada a modernizar el Ejército y reducir su histórico intervencionismo político, así como la aprobación del Estatuto de Cataluña y la laicización del Estado. Tras la victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, asumió la Presidencia de la República en un clima de extrema polarización política y social, intentando ejercer un papel moderador que se vio desbordado por el estallido del golpe de Estado de julio de 1936.
La Guerra Civil transformó su presidencia en un mandato dramático, donde se vio convertido en un jefe de Estado con poderes limitados, testigo del desmoronamiento de la autoridad institucional frente a la revolución social y las dinámicas bélicas. A pesar de su progresivo aislamiento político y su pesimismo sobre el desenlace militar, Azaña se mantuvo como un referente moral, abogando incansablemente por una solución negociada y humanitaria. El momento cumbre de esta postura fue su célebre discurso pronunciado en el Ayuntamiento de Barcelona el 18 de julio de 1938, conocido como el discurso de las «tres pes» (Paz, Piedad y Perdón). En él, ante el segundo aniversario de la guerra y con la batalla del Ebro en ciernes, apeló a la reconciliación nacional y recordó que, tras la contienda, el destino común de todos los españoles sería inevitablemente convivir sobre la misma tierra.
El final de su mandato se precipitó con la ofensiva franquista sobre Cataluña. Tras la caída de Barcelona en enero de 1939, Azaña cruzó la frontera francesa a pie camino del exilio. Su renuncia definitiva a la Presidencia de la República se produjo el 27 de febrero de 1939, motivada por el reconocimiento oficial del gobierno de Franco por parte de Francia y el Reino Unido ese mismo día, hecho que deslegitimaba internacionalmente la resistencia republicana. Azaña presentó su dimisión a través de una carta al presidente de las Cortes, consumando el fin institucional de la República en el exterior.
Sus últimos meses de vida constituyeron una tragedia personal marcada por la persecución. Refugiado en la localidad francesa de Montauban y gravemente enfermo, se vio acosado por la Gestapo y los agentes franquistas que buscaban su captura tras la ocupación alemana de Francia. Sin embargo, la intervención de la legación de México, bajo las órdenes del presidente Lázaro Cárdenas, le proporcionó protección diplomática en el Hotel du Midi, donde residía. Manuel Azaña falleció allí el 3 de noviembre de 1940. En un último acto simbólico de la derrota, su féretro fue cubierto con la bandera de México, ya que las autoridades de la Francia de Vichy prohibieron que fuera enterrado bajo la bandera republicana española.
