El general José Miaja Menant (1878–1958) fue uno de los militares profesionales más destacados que permanecieron leales a la República tras el estallido del golpe de Estado de 1936, convirtiéndose en la figura clave de la defensa de Madrid y en un símbolo de la resistencia antifascista. Su momento decisivo llegó en noviembre de 1936, cuando el gobierno de la República se trasladó a Valencia ante el inminente avance franquista, dejándolo al mando de la capital como presidente de la Junta de Defensa de Madrid. En una situación de extrema precariedad, Miaja logró organizar las columnas de milicianos y las primeras unidades del incipiente Ejército Popular para frenar a las tropas sublevadas y a las unidades enviadas por la Alemania nazi y la Italia fascista en la batalla de la Ciudad Universitaria, evitando la caída de la ciudad en los primeros meses del conflicto.
Su liderazgo, ejercido en estrecha colaboración con su jefe de Estado Mayor, el general Vicente Rojo, fue fundamental para consolidar el mito de la resistencia madrileña («Madrid será la tumba del fascismo»), transformando la capital en un símbolo internacional de la lucha republicana. Aunque participó en diversas campañas posteriores, como las batallas del Jarama o Guadalajara, su figura adquirió su mayor notoriedad histórica por su actuación en la defensa de Madrid entre noviembre de 1936 y marzo de 1937, donde demostró una capacidad organizativa y moral que la historiografía ha valorado como eficiente y comprometida con el régimen constitucional en sus momentos más críticos.
Sin embargo, su trayectoria final estuvo marcada por la ruptura interna del bando republicano. A pesar de haber permanecido leal al gobierno durante la mayor parte de la guerra, en marzo de 1939, ante la inminencia de la derrota total y el agotamiento de la resistencia, apoyó el golpe de Estado del coronel Casado contra el gobierno de Juan Negrín. Entendiendo que la resistencia a ultranza ya era inútil, se alineó con el Consejo Nacional de Defensa, lo que precipitó la entrega de la capital a finales de marzo de 1939. Tras la derrota, se exilió primero en el norte de África y posteriormente en México, donde falleció en 1958.
