Vicente Rojo

Vicente Rojo

El general Vicente Rojo Lluch (1894–1966) fue el estratega militar más brillante y respetado del Ejército Popular de la República, convirtiéndose en una pieza insustituible para la organización de la defensa gracias a su extraordinaria capacidad técnica e intelectual. Formado en la Academia de Infantería de Toledo y especializado en Estado Mayor y docencia, Rojo desarrolló una sólida carrera durante la Monarquía y la Segunda República. A pesar de sus profundas convicciones católicas y conservadoras, tras el golpe de Estado de julio de 1936 permaneció leal al gobierno legítimo por disciplina castrense, anteponiendo su deber profesional a la ideología. Su ascenso fue rápido debido a la necesidad urgente de reorganizar un ejército fragmentado, desempeñando un papel decisivo en la defensa de Madrid en noviembre de 1936. Como Jefe de Estado Mayor de la defensa de la capital, trabajó estrechamente con el general Miaja para contener el avance de las tropas sublevadas en la Ciudad Universitaria, logrando frenar una ofensiva que parecía imparable bajo el lema de «no pasarán».

Ascendido a Jefe del Estado Mayor Central, Rojo se consolidó como el cerebro analítico y metódico del bando republicano, ofreciendo un contrapunto técnico frente al modelo de mando más rígido del bando sublevado. Fue el principal artífice de operaciones de gran complejidad diseñadas para aliviar la presión en otros frentes y retomar la iniciativa estratégica, planificando batallas como las del Jarama, Guadalajara, Brunete, Belchite y la ofensiva de Teruel. Su obra maestra táctica fue la ofensiva del Ebro en julio de 1938, una operación ambiciosa donde logró cruzar el río por sorpresa y desafiar al ejército franquista en la batalla más larga y cruenta de la guerra, demostrando que la República aún conservaba capacidad operativa a pesar de su inferioridad material. Sin embargo, el desgaste de estas batallas y la caída de Cataluña en febrero de 1939 sellaron la derrota militar que él mismo anticipó.

Tras la caída de Barcelona, acompañó al gobierno al exilio, negándose a participar en el golpe de Casado por considerarlo un acto de indisciplina militar. Vivió exiliado en diversos países de Latinoamérica, principalmente en Bolivia, donde ejerció como catedrático en la Escuela de Comando y Estado Mayor y mantuvo una trayectoria intelectual ligada a la reflexión sobre el conflicto. Regresó a España en 1957, confiando en una cierta apertura del régimen, pero fue juzgado por «rebelión militar» y condenado a cadena perpetua, aunque la pena fue conmutada. Vivió sus últimos años en el ostracismo en Madrid, dejando un legado especialmente valorado por su contribución a la profesionalización del ejército republicano y por su capacidad para organizar una defensa eficaz en condiciones extremadamente desfavorables.