Santiago Casares Quiroga (1884–1950) fue una de las figuras políticas más relevantes y controvertidas de la Segunda República, cuya gestión quedó marcada indeleblemente por el estallido de la Guerra Civil. Abogado de profesión y dirigente histórico del republicanismo gallego, fundó la Organización Republicana Gallega Autónoma (ORGA) y participó activamente en el Pacto de San Sebastián (1930) para derrocar a la monarquía. Durante el bienio reformista, fue un estrecho colaborador de Manuel Azaña, ocupando carteras clave como la de Gobernación, donde se ganó fama de hombre enérgico en el mantenimiento del orden público. Tras el triunfo del Frente Popular en 1936, y con la elección de Azaña como Presidente de la República, Casares Quiroga asumió la Jefatura del Gobierno y el Ministerio de la Guerra en mayo de ese mismo año.
Su presidencia coincidió con los meses de mayor tensión política, incremento de la violencia y señales cada vez más evidentes de conspiración dentro del Ejército. A pesar de conocer la existencia de movimientos golpistas y recibir múltiples advertencias sobre la inminencia del alzamiento, su gobierno mantuvo una postura de confianza en la legalidad y en la supuesta división interna del Ejército, creyendo que podría neutralizar a los conspiradores mediante relevos y traslados ordinarios sin tomar medidas preventivas drásticas. Cuando se produjo la sublevación el 17 de julio de 1936, la respuesta inicial de su gabinete fue de parálisis e incapacidad para frenar el alzamiento, negándose en un primer momento a distribuir armas a las organizaciones obreras por temor a desencadenar una revolución social.
Desbordado por los acontecimientos y con la sublevación extendiéndose rápidamente desde Marruecos, Casares Quiroga se vio incapaz de controlar la situación y presentó su dimisión irrevocable en la madrugada del 18 al 19 de julio, tras rechazar la posibilidad de armar al pueblo. Su renuncia dio paso a la breve presidencia de Martínez Barrio y posteriormente a la de José Giral. Tras dejar el cargo, no volvió a ocupar puestos de primera línea durante la guerra, quedando su figura políticamente diluida. Al finalizar el conflicto, marchó al exilio junto a Manuel Azaña y Diego Martínez Barrio, falleciendo en París en 1950, enfermo y alejado de la vida pública. Su figura es esencial para comprender la complejidad del periodo previo a la guerra: la de un gobierno legítimo enfrentado a un deterioro político profundo y a una conspiración extensa, con un Estado debilitado para reaccionar eficazmente.
