Federico García Lorca (1898–1936) fue el poeta y dramaturgo más influyente y popular de la literatura española del siglo XX, miembro destacado de la Generación del 27 y máximo exponente de la «Edad de Plata» de la cultura española. Su figura no solo representa la cima de la creación artística de la época, sino que se ha convertido en el símbolo universal de la tragedia de la Guerra Civil y de las víctimas de la represión franquista.
Al estallar el conflicto en julio de 1936, Lorca se encontraba en Granada, una ciudad donde la sublevación triunfó rápidamente, cayendo bajo control militar inmediato. Allí se desató desde los primeros días una feroz persecución política en la retaguardia, caracterizada por una oleada de detenciones, fusilamientos y desapariciones contra cualquier persona relacionada —real o supuestamente— con el republicanismo, el liberalismo o la disidencia social. A pesar de no tener militancia política formal, su condición de intelectual de enorme proyección, su defensa pública de valores progresistas y libertades, así como su homosexualidad, lo convirtieron en un objetivo prioritario para las fuerzas sublevadas.
Su detención en agosto de 1936 y posterior ejecución en un paraje cercano a Víznar y Alfacar fueron actos extrajudiciales promovidos por elementos locales del aparato represivo, en un clima donde la violencia se justificaba como una «depuración» política y social necesaria. No se abrió expediente formal ni causa militar alguna; su muerte fue administrada de forma clandestina, sin juicio previo, tal como ocurrió con miles de personas en todo el territorio controlado por los sublevados. Este asesinato simboliza la brutalidad de la limpieza ideológica descrita históricamente, donde la represión no fue un hecho aislado, sino una estrategia sistemática para extirpar física e ideológicamente al considerado enemigo. El crimen privó a España de una de sus voces más brillantes y marcó el inicio de un empobrecimiento cultural devastador, señalando el comienzo de un largo periodo de aislamiento y censura durante la dictadura, que silenció o manipuló su obra y jamás investigó su muerte.
La desaparición de Lorca, cuya ubicación exacta de sus restos continúa sin confirmarse debido a la falta de registros y al silencio institucional, refleja la dimensión política, social y cultural del terror instaurado desde 1936. Su figura sirve hoy como referencia esencial para el estudio de la violencia en la retaguardia y del impacto de la dictadura en la memoria colectiva, representando el destino trágico de toda una generación de intelectuales, científicos y artistas —como Antonio Machado, Luis Buñuel o Rafael Alberti— que sufrieron la muerte o el exilio, desmantelando el tejido cultural del país.
