Por admin
En esta imagen tomada durante la misión Artemis II, la Luna y la Tierra aparecen alineadas en el mismo encuadre, ambas parcialmente iluminadas por el Sol. / NASA

Hoy, en la tarde del 10 de abril de 2026 en América –madrugada del 11 de abril en España–, una estrella fugaz ha entrado en la atmósfera de nuestro planeta. Solo que esta vez no procedía del polvo cósmico: la hemos construido nosotros.

Dentro de ella han llegado cuatro seres humanos envueltos en plasma refulgente para recordarnos una idea tan antigua como radicalmente vanguardista: que la humanidad no está condenada a repetirse en la Tierra, sino llamada a reinventarse en el espacio.

La cápsula Orión, del programa Artemis II, ha amerizado en el Pacífico, frente a la costa de San Diego (EE. UU), este viernes 10 de abril por la noche, a las 8:07 p.m, hora local, exactamente la hora programada. De las 2 600 toneladas que despegaron de Cabo Cañaveral hace 10 días, solo han regresado unas 9,3. Proporcionalmente, es como si de una botella de vino entera solo hubiese vuelto el tapón.

Orión ha afrontado la reentrada a alrededor de 40 000 km/h. Esas condiciones generan, al entrar en la atmósfera, temperaturas exteriores de alrededor de 2 760 ºC, provocando una bola de fuego brutal. La NASA dice que los meteoritos menores que un campo de fútbol se desintegran antes de llegar al suelo. Durante unos minutos, Orión no ha volado por el aire, sino que ha luchado encarnizadamente contra la atmósfera a base de incendiar el firmamento.

La cápsula, bautizada por sus inquilinos como Integrity (Integridad), ha soportado ese calor infernal gracias al escudo térmico de protección, que medía cerca de 5 metros de diámetro. Su superficie estaba formada por 186 bloques mecanizados de Avcoat, un material descendiente directo del usado en las naves Apolo. NASA lo describe como el mayor escudo ablativo (es decir, que se sacrifica, degrada y carboniza para salvar el interior) construido para una nave tripulada.

Pues bien, ese escudo ha cumplido su misión, sacrificándose de forma más “brillante”, nunca mejor dicho. No estaba pensado solo para sobrevivir a la reentrada, sino para que sobrevivieran quienes viajaban tras él.