Mitos y leyendas de Murcia centro

La leyenda de las Cadenas de la Catedral de Murcia
La historia
La leyenda de la cadena de la Catedral de Murcia comienza hacia el año 1500, cuando un mendigo que decía ser escultor ofreció crear una cadena de piedra alrededor de la Capilla de los Vélez a cambio solo de comida y asilo. El Marqués de Vélez aceptó, pero con una amenaza: si la obra no le gustaba, moriría. Siete años después, en 1507, el resultado dejó a todos impresionados por su perfección, y el artista pasó a ser conocido como “El Cadenero”.
Sin embargo, cuando el escultor decidió marcharse, el marqués temió que pudiera repetir una obra igual en otro lugar. Para evitarlo, ordenó capturarlo y lo castigó brutalmente, dejándolo sin ojos ni manos y encerrado de por vida, asegurándose así de que aquella cadena sería única para siempre. La obra, tallada en piedra caliza, rodea la capilla con decenas de eslabones perfectamente esculpidos, algo casi imposible para la época.
La catedral también guarda otra historia: la campana de la Mora, una de las más antiguas de España, fundida en 1383. Según la leyenda, fue creada como un talismán para proteger la ciudad de demonios, enfermedades y desastres. Su poder se atribuye a símbolos grabados como una estrella de cinco puntas y una inscripción que algunos interpretan como un conjuro, convirtiéndola en uno de los elementos más misteriosos del templo.
Las cadenas




La leyenda de los Ratones Colorados
La historia
Los “ratones coloraos” son unos pequeños seres mágicos del folclore de Murcia, descritos como duendes con forma de ratón y vestidos de rojo, famosos por su inteligencia —de ahí la expresión “ser más listo que los ratones coloraos”. Se dice que nunca se dejan atrapar, que evitan a los adultos o incluso son invisibles para ellos, y que solo se aparecen a los niños pequeños, a quienes entretienen con cantos y bailes… e incluso educan cuando nadie los ve.
La leyenda cuenta que una joven campesina, viuda y sin ayuda, debía dejar solo a su hijo Pencho cada mañana mientras iba al mercado. El niño siempre lloraba hasta que, un día, comenzó a reír y a contar que un “ratón colorao” le visitaba para jugar con él. Con el tiempo, el pequeño empezó a cantar canciones que su madre no conocía… y lo más extraño: aprendió a leer con apenas tres años, asegurando que había sido ese misterioso ratón quien le enseñó.
Intrigada, la madre decidió vigilar la casa y entonces lo vio: un pequeño ratón vestido de rojo, con una guitarra, bailando junto a la cuna. En cuanto intentó acercarse, desapareció. Desde ese día, dejó siempre comida también para él, agradecida. Porque aunque los adultos crean que estos seres no existen, la leyenda dice que sí… solo que ya no podemos verlos. Los niños, en cambio, nunca se equivocan.
El ratón «colorao»

La leyenda de la butaca del Teatro Romea
La historia
La leyenda de la butaca vacía del Teatro Romea es una de esas historias que se cuentan en voz baja entre trabajadores del teatro y espectadores habituales. Dicen que, en una de las butacas del patio de butacas, hay un asiento que nunca se ocupa… aunque esté vendido, aunque alguien intente sentarse en él, o aunque en el plano aparezca como disponible. Siempre termina vacío.
Según la leyenda, todo empezó con un antiguo espectador que murió en el teatro mientras asistía a una función. Desde entonces, su presencia nunca habría desaparecido del todo. Hay quien dice que no es un fantasma visible, sino una especie de “huella”: una energía que mantiene su lugar intacto, como si siguiera asistiendo a todas las obras desde el mismo punto, en silencio.
Con los años, el mito creció entre actores y personal del teatro. Algunos aseguran haber sentido una presencia extraña al pasar por esa zona, otros dicen que la butaca “se siente más fría” o que la atención del público cambia cuando la cámara la enfoca. Verdad o no, en el Teatro Romea hay una regla no escrita: esa butaca siempre se respeta… por si acaso alguien sigue ahí.
Teatro Romea y la butaca




