Hacia el final de la Era de Hielo, hace unos 14.000 años, los días estaban dejando de ser fríos y húmedos. En la zona que hoy cubre la ciudad de Los Ángeles, en Estados Unidos, el único asfalto existente emerge burbujeante desde el interior de la tierra. Es brea, el concentrado negro y pegajoso que deja el petróleo tras evaporarse. El olor es penetrante, a podredumbre y combustible. La combinación es posible por los charcos de agua que, tras la lluvia, se forman sobre el suelo traicionero, emulando un espejo de agua fatal para los herbívoros sedientos. Una trampa de trampas para los carnívoros oportunistas.
El solitario y doloroso final de los tigres dientes de sable