Si alguna vez ha visto la Vía Láctea en el cielo nocturno, habrá observado que parece turbia. Esto se debe a que, hacia el centro de nuestra galaxia, así como de la mayoría de las galaxias, hay enormes cantidades de polvo que dificultan la visibilidad, haciendo que una gran franja del universo esté oculta para nosotros, ya que aproximadamente la mitad de la luz procede de galaxias enterradas tras ese polvo. La mejor forma de observar el interior de estas regiones ocultas es utilizar un gigantesco telescopio de ondas submilimétricas que detecte la radiación situada entre las ondas de radio y el infrarrojo.
El telescopio que podría revelar la otra mitad del cosmos, el universo oculto y turbio