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La ciencia de los veranos eternos: ¿por qué los veranos de la infancia parecen no acabar nunca?

Un niño de dos años contempla absorto cómo unas hormigas caminan en fila sobre la arena. Hurga con un palo; algunas trepan hasta su mano. Siente el hormigueo, luego sopla y las ve desaparecer. Sigue observando. A pocos metros, sus padres lo vigilan desde las hamacas mientras charlan, picotean del táper, escuchan la radio y envían algún mensaje. ¿Qué está ocurriendo en el cerebro del niño y de sus padres? “Están funcionando de forma radicalmente distinta”, apunta Charo Rueda, catedrática de Psicología Básica, especialista en desarrollo neurocognitivo y autora del libro Educar la atención.

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